Internet de las Personas, no de las Cosas

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Daniel de Melo, Director senior de FICO, va un paso más allá del internet de las cosas para hablar de modelos predictivos de pensamiento, y cómo podemos digitalizar la identidad sin perderla.

Últimamente se habla mucho del “Internet de las Cosas”, todos los dispositivos conectados a la Red –y todos los datos que este hecho genera- pero nos olvidamos de que realmente el “Internet de las Cosas” debería llamarse “Internet de las Personas” porque esos datos que se producen son, en realidad, información muy relevante –si se sabe analizar- sobre cada uno de nosotros.

El Big Data está permitiendo que los seres humanos nos digitalicemos, es decir, que existan máquinas que permitan describir en modelos lo que hacemos, lo que hemos hecho y lo que es probable que hagamos, convirtiendo al hombre en una construcción matemática que otros puedan estudiar para tomar decisiones.

De momento, no se pueden crear modelos predictivos de pensamiento, pero sí que se están produciendo conclusiones sobre las formas más predictivas de comportamiento. ¿Cómo se puede hacer esto? Tanto científicos como filósofos están de acuerdo en que la humanidad no es fácil de definir. Pero si tenemos en cuenta lo que cuentan los investigadores de la Universidad de Oxford, sólo los seres humanos cuentan con dos características que les hace especiales: la planificación avanzada y la capacidad de decisión. Y aquí es dónde la analítica predictiva puede jugar con ventaja. ¿Seremos capaces de crear un modelo matemático de la “humanidad”? ¿Podremos incluir datos suficientes en ese modelo como para crear un algoritmo que prediga de forma acertada nuestras decisiones?

En un nivel algo superior, ya estamos haciendo eso. Por ejemplo, ya somos capaces de crear modelos de riesgo sobre créditos al consumo con altos niveles de predictibilidad. Pero hay una diferencia clara: estos modelos no predicen si un cliente, de forma individual, fallará en el pago. El algoritmo define los riesgos dentro de un contexto de población mucho más grande. Es decir, los modelos no analizan los pensamientos de impago de un cliente: comparan el historial de cada individuo con los de su alrededor, a veces con millones de personas. Y lo mismo hacen muchas veces los técnicos de marketing para predecir las compras en el supermercado. O los responsables de estudios sociológicos para predecir quién ganará unas elecciones.

En definitiva, estamos nadando en el vasto océano de la analítica predictiva: ¿se tomará el paciente la medicina tal y como está prescrita? ¿Robará el trabajador material en su oficina? ¿Acudirá a las urnas el votante? ¿Cuándo comprará la nueva pantalla plana el geek? ¿Qué nivel de riesgo asume una compañía de seguros ante un nuevo cliente? ¿Es el propietario de la tarjeta de crédito el que está realizando este pago sospechoso? La analítica ya resuelve todas estas cuestiones. Pero ahora que tenemos acceso al Big Data, es decir, a millones de datos adicionales con los que podremos predecir “casi todo” de cada persona.

Los modelos virtuales de objetos ya existen. El llamado “Internet de las Cosas” se refiere al vasto número de objetos y dispositivos desde los que emanan datos sobre su utilización, localización y otros factores. Pero cualquier persona también ofrece datos: el tiempo que está conectada a Internet, el uso que hace del móvil, cómo realiza compras, qué tipo de televisión ve (sobre todo si se ve online)… todos estos datos alimentan modelos que crean una versión digital de cada individuo, en lo que se llama el “Internet de las Personas”, la creciente red de modelos que describen el comportamiento de las personas y que intentan predecir las conductas futuras.

Esta versión digital de uno mismo se está convirtiendo en algo fundamental e incluso los Gobiernos están empezando a estudiar los comportamientos para tomar decisiones. Como decíamos antes, aún no se puede modelar el modo de pensar de los individuos, pero cada vez se realizan predicciones más acertadas sobre las actuaciones futuras. En resumen, no se pueden realizar aún modelos sobre la forma en la que se toman decisiones –una de las características inherentes al ser humano-, pero se está trabajando en predecir las decisiones futuras.

Este fenómeno no deja atrás los debates sobre si es aceptable, legal e incluso éticamente que una aplicación realice labores de analítica sobre un individuo o sobre la sociedad. Los consumidores son cada vez son más conscientes de la capacidad de seguimiento y análisis de ciertas herramientas. Y la pregunta va mucho más allá: ¿quién va a asegurarse de que estos modelos son correctos y positivos? ¿Habrá alguna consecuencia legal para los modelos que afecten de manera adversa a un individuo? ¿Quién se encargará de resolver los datos y los modelos para hacerlos más precisos? ¿Y quién se beneficiará de las decisiones tomadas por el individuo y previstas por el modelo? ¿Es necesario redefinir el concepto de privacidad?

Son preguntas que es necesario hacer para tomar conciencia de una sociedad cada vez más digital y de la forma en la que queremos que evolucione. El Internet de las Personas es algo relativamente nuevo y que crecerá mucho en los próximos tiempos, por lo que tendremos que revisar nuestros acuerdos sobre cómo la analítica sobre personas debe utilizarse. No vamos a cerrar la fuente de los datos ni los modelos predictivos van a dejar de funcionar, pero podemos querer que esos datos no se manipulen ni se exploten.

Al final, parecía imposible, pero la analítica del Big Data está creando un debate sobre la propia esencia de la humanidad: ¿cómo podemos digitalizar nuestra identidad sin perderla?


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